Premios, castigos, elogios… ¡Cuánto nos queda por aprender!

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En el post de hoy queremos darle la vuelta a lo que conocemos como premios y castigos. Sí, no podemos negar que nos hemos ayudado de los premios para conseguir conductas positivas y de algún castigo para evitar una mala conducta, tanto en posición de padres como de profes y en más de una ocasión no ha ido nada mal, ¿verdad?

Pero queremos ir más allá; nuestro objetivo cual es: ¿Conseguir conductas positivas para obtener un premio /evitar castigo o que nuestros hijos y alumnos hagan bien las cosas por el mero hecho de hacerlas bien?

Creemos que en lugar de utilizar los premios y los castigos como tal deberíamos hablar de consecuencias. Me explico mejor. No sirve de nada castigar a un alumno/a que acaba de destrozarle una construcción a un compañero/a sin ir al patio o llevarle a otra clase, pues, no tiene nada que ver “lo que ha hecho” con su consecuencia. Y el problema o la disputa en sí sigue sin estar solucionada, simplemente hemos “apartado” lo sucedido. Es aquí donde podemos empezar a hablar de consecuencias de aquello se ha hecho. Siguiendo el mismo ejemplo, si ha destrozado la construcción, debería reparar aquello que ha hecho, por ejemplo, ayudándole a construir otra, convirtiéndose en una consecuencia con sentido y no en algo abstracto desvinculado del problema en cuestión.

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Estoy segura que a más de uno (¡Nos incluimos nosotras también!) le habrá sobrepasado la situación en alguna ocasión y habrá optado por castigos exagerados, probamente imposibles de cumplir. (No verás la televisión nunca más, no podrás salir al patio en toda la semana…). Nos encontramos con dos problemáticas al utilizar este tipo de castigos; por un lado si no podemos cumplir nuestro propio castigo pierde totalmente el sentido y por otro lado, estaremos favoreciendo que hagan las cosas correctamente para evitar el castigo y no por el mero hecho de hacer las cosas bien.

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Con los premios pasa lo mismo; pierden efectividad si utilizamos premios exagerados y desmesurados con la acción desempeñada, además esperan siempre algo a cambio(de acciones que “son su obligación”) y acaban “actuando correctamente” por el simple hecho de conseguir un premio y no por su propia satisfacción personal.

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Así pues, no nos compliquemos tanto la vida y hablemos de consecuencias, positivas o negativas, ante los actos que desempeñan y hagamos que sean ellos mismos los que valoren sus esfuerzos por hacer las cosas bien y que reparen aquello en lo que se han equivocado. Eso sí, no olvidemos que los límites deben estar siempre presentes; claros y concisos y que nuestro papel (como papis o profes) debe valorar el esfuerzo, acompañar e intervenir en el caso que sea necesario.

Y no podíamos concluir este post sin añadir otro tema que está íntimamente relacionado y que nos puede ser de gran ayuda: Los elogios. De entrada, “elogiar” parece ser muy positivo porque denota que te importa la otra persona y lo que hace, ¿No? Sí, por supuesto que sí pero si analizamos de qué manera lo hacemos podría volverse en nuestra contra. Personalmente siempre he sido (y lo sigo siendo) una persona que me encanta elogiar, que le elogien y así lo he estado haciendo siempre.

Este año, como ya comenté en algún otro post, estoy realizando el curso de iniciación a la escola viva y recuerdo perfectamente el día en qué en la sesión salió este tema y Jordi Mateo me dijo : “Elogiar desmesuradamente acaba haciendo daño a la propia autoestima. Si elogiamos constantemente hacemos que nuestros hijos/alumnos dependan de nuestra aprobación”. Sí, me hizo pensar mucho sobre mi actitud como maestra. Los niños y niñas esperan un “Qué bonito “ Me encanta” “Es precioso”, para sentirse bien, no por el trabajo hecho sino por nuestra aprobación. Acaban desentendiéndose sobre si les gusta o no a ellos mismos, pues, si la profe “lo aprueba” significa que está bien hecho. ¿Cómo van a sentirse bien con su propio trabajo si no son capaces de valorarlo por sí solos? Jordi no puso un ejemplo que me encantó: Cuando un alumno/a te enseña un dibujo y, de manera natural, nos sale decirle que su dibujo es muy bonito, deberíamos “pasarle la pelota” diciéndole “Cuéntame qué has hecho” o “¡cuánto te has esforzado!” o “¿Qué te parece a ti?” . De esta manera, le enseñamos a que no dependa del adulto y sea capaz de valorar sus logros y avances. Sus consejos me marcaron mucho e intento tenerlos en cuenta en mi día a día pero no puedo negar que más de un elogio se me escapa.

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Ahora sí, ¡Qué tengáis un feliz domingo! No dudéis en hacernos saber nuevas opiniones sobre el tema 😉

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